Wednesday, September 26, 2007

Visión externa / Samuel Bedrich


Artículo para Tiempos de Reflexión, agosto 2007

Visión externa

Samuel Bedrich

Hace ya más de dos años que participo en Tiempos de Reflexión, pero no es sino hasta hoy, a un poco más de un año de estar fuera del país, que compruebo que cuando uno está fuera de su país de origen, genera la gran ventaja de eximirse de la realidad concreta para hacer aportes críticos desde una óptica que escapa a quienes están todo el tiempo inmiscuidos y bombardeados por los mismos elementos que les rodean.


Pero adicionalmente, el que está fuera tiene la ventaja de conocer con cierto detalle las situaciones nacionales, la idiosincrasia, los traumas y pasiones comunes a un país, sin tener necesariamente que soportarlas. Es un poco como la perra rusa Laica, que jamás se había dado cuenta de la pequeñez de su mundo, sino hasta que, parafraseando a Mecano –ese grupo de los años ochenta- se subió a la nave y pudo preguntarse “¿Qué será esa bola de color, y qué hago yo girando alrededor?

El que está fuera, de algún modo está desarraigado y busca conocer la actualidad con el objeto, tal vez, de que en el momento que vuelva, nadie le cuente, ni le invente; es claro que ignora con lujo de detalle cada uno de los sucesos, pero por otro lado aventaja a todos con el simple hecho de poder comparar y contrastar el diario acontecer con el del nuevo sitio en que se encuentra. Con frecuencia, cuando me preguntan en Perú el motivo de mi abandono de la tierra mexicana, respondo que con el simple objeto de ver mi tierra desde afuera y poder confirmar que nuestros políticos corruptos, empresarios insensibles, policías mortíferos y segundones equipos de fútbol únicamente cambian de bandera, nombre de partido, color de uniforme o moneda corriente, pero que en el fondo son los mismos.

Desde acá, uno sí puede ver ese chauvinismo a la mexicana que tanto empantana nuestra pobre visión futbolera, política o religiosa (desde el famoso huguito, pasando por el pequeño presidente y nuestro fervor guadalupano), e incluso escuchar los comentarios socarrones que hacen de nosotros quienes han tenido el privilegio de pisar nuestros dos millones de kilómetros cuadrados: si a la niña francesa que fue de intercambio le dieron de comer todos los días quesadillas y jamás la hicieron visitar más que la plaza las Américas (y que conste que pongo ese nombre para no herir susceptibilidades, a sabiendas de que no se nos ocurren otros nombres para los centros comerciales), o si a los amigos que conoces en la ruta del back pack te cuentan (al menos 4 de cada 5) cómo les abrieron la mochila en el metro o cómo hicieron un recorrido turístico por el DF dentro (si, ¡dentro!) de un vocho, con la cabeza agachada y amenazados por una linda arma de fuego de calibre mediano.

Sí, desde la lejanía, uno percibe que hay algo que no está bien y que en nuestra patria, la palabra mejor conocida por los policías es “mordida”, y que tragamos más picante que queso los franceses; nos enteramos que no somos vistos como los hombres del moderno país que se encuentra entre las diez economías más fuertes del mundo, sino como los que no han podido bajar del caballo y dejar la pistola junto al sombrero que don Vicente Fernández o el señor Aguilar han puesto en lo alto de la escena mundial; desde acá se ve que se admira a la nación azteca, pero cuando uno se entera que es más conocido Chespirito que Octavio Paz o Frida Kahlo, entonces uno se pregunta qué clase de cultura es la que exportamos.



México, Méjico, Moshico exporta: esa águila negra estilizada que se pone a los productos salidos de nuestras fronteras. El sello de la calidad cultural de los programas televisivos que a uno, mexicano en el extranjero le impone esa terrible responsabilidad de sonreír bobamente mientras nos dicen “es que yo amo al chavo” o “yo quiero visitar México, porque me gustan mucho las novelas”. Son momentos en que dan ganas de tener realmente el sarape y poder ocultarse dentro de él, o de tener esa máscara del águila negra y podérsela poner ante la faz y decir que uno no, no es hijo de Azcárraga, ni de Milmo, ni del señor Bolaños, y que no todos los mexicanos amamos la idea de vivir en una vecindad, ni dentro de un barril, que habemos algunos que sí buscamos un progreso con sabor a otro sistema de vida que el de tener que esperar a que descubran que en realidad no somos hijos de nuestra madre, sino que somos vástagos del potentado millonario de las Lomas y que mañana, después de mocos, lágrimas y risas, la niña rica que siempre vemos en el gimnasio ya nos podrá hacer caso porque sabrá que somos hijos de la novela.

Cuántas veces me he visto enfrentado al dilema de poner una linda e idiota cara y recordar que sí, que llegué a ver Rosa Salvaje porque a mi abuela le encantaba hacerlo (ay, abuela, ojalá te hayas arrepentido de no haberme leído un cuento en lugar de tenerme viendo esa tele de bulbos), o de decir que en efecto, tuve que soplarme al idiota colorado de los gags para tener tema de conversación con mis compañeritos de la primaria, pero no lo soporto, hoy que he abierto un poco los ojos, me siento con la obligación de informarle al mundo que no todas las mexicanas son Fridas, ni tampoco vivimos en Polanco o nos peleamos las herencias, y que no es cierto que vamos a ser campeones del futbol pronto, porque no, aunque a veces lo parezca, a nuestro país le hace falta dejar de ver hacia dentro, y en cambio, requiere voltear un poco la mirada para notar que debajo de Chiapas hay una Centroamérica con 7 países con una identidad propia, y que después del canal, hay un mundo por descubrir y con quien compartir el sueño de un nuevo mundo.



Pero es cierto… como bien lo dicen por ahí: como México no hay dos. Y yo digo que qué bueno, porque si tuviéramos dos Felipes, dos Fox, dos Zhenli, dos Cancunes, dos Acapulcos, dos DF, y no 100, sino 200 millones de mexicanos, ya alguien hubiera pedido que lo bajaran del planeta.

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